domingo, 10 de febrero de 2008

Los idus de mayo

Río Tajo. Paraje de Buenafuente del Sistal.

El pescador no puede dormir, inquieto pasea por la habitación, repasa los últimos bártulos... Sí, todo está correcto. Enciende un cigarrillo y nota cómo el humo le araña los pulmones, ha fumado mucho a lo largo del día, ha sido el más largo, "mañana, por fin", piensa. Sobre la mesa tiene un mapa, lo ojea mecánicamente, distraído; de sobra sabe donde va a ir. El pescador aplasta la colilla en el cenicero, tiene que acostarse, debe dormir a pesar de la excitación. Entra en el dormitorio y se desliza entre las sábanas, su mujer duerme desde hace rato; el pescador, a veces, la siente extraña, desconocida. El pescador sueña despierto con grandes truchas cebándose en las tablas, al final se queda dormido.

Un resplandor cárdeno en la negrura del cielo marca los imprecisos límites de las casas; imperceptiblemente, lo cárdeno se vuelve azul, azul oscuro, luego azul y blanco con manchas rosáceas. El pescador se levanta al alba, calienta el café y mientras lo bebe observa la ciudad casi dormida. Lleva muchos meses sin pescar y tiene mariposas en el estómago.
En la calle huele a pan recién hecho. Los gorriones chillan desde las acacias. Los últimos borrachos de la noche se tambalean por las aceras, compra el pan tierno para el almuerzo, habla del tiempo con la dependienta, el ritual de cada viaje. Después sale de la ciudad, tararea una cancioncilla mientras conduce. Al cabo de un par de horas, el coche enfila la carretera comarcal que lleva hasta su río favorito, atraviesa un pueblo medio desierto, los niños estarán en la escuela, los labradores en el campo, tan sólo alguna mujer barre la puerta de su casa. Otra hora más y llega a la pista de tierra que conduce a la ribera del río. Los pájaros de la mañana envuelven el bosque con sus cantos; un duende, que parece una ardilla, salta de rama en rama; el gran duque lo observa todo desde su atalaya en la copa del pino centenario.
El río exhala su húmedo aliento sobre la vegetación de las riberas, el líquido rumor del agua le embriaga, el pescador llena el pecho de aire, de luz. Monta el equipo con parsimonia, la prisa quedó atrás, en la ciudad. El pescador es el dueño del tiempo, lo moldea a su gusto, como si tuviera toda la eternidad por delante. Va despojándose de los últimos restos de la "civilización". Se sienta en la orilla donde diminutas lágrimas de rocío engalanan sutiles telas de araña, mira el río que se desliza como un animal silencioso, poderoso y frágil. Algunas moscas bajan flotando con la corriente.
"Parecen rhodanis", se dice en voz baja. Abre su vieja caja de aluminio y extrae una imitación pensada por él mismo, la ata al bajo de línea y se introduce suavemente en el agua. En la tabla se ceban varias truchas, lanza sobre la más cercana y la trucha toma el engaño, no es muy grande y no tarda en tenerla en la mano, la desanzuela con delicadeza y la devuelve al agua. El pescador hizo muchas matanzas años atrás, ahora se arrepiente, pero..."Ya no tiene remedio", piensa. Cuando el pescador comenzó a no matar las truchas, supo que entraba en otra historia, ni mejor ni peor, sólo diferente. Notó que empezaba a formar parte del río, se deshizo del ansia de la cantidad, de la necesidad de demostrar ante los demás que era buen pescador. Sintió un profundo respeto por la vida que le rodeaba. Ahora no le importa nada la opinión que tengan de él, ahora pesca para sentir, para vivir. Acaso sea en el río donde se siente más vivo, más que en su trabajo, más que en su propia casa. El pescador no supo transmitir a su mujer lo que experimentaba con la pesca, lo intentó en una ocasión, mas fue en vano; quien no sea pescador a mosca no puede comprenderlo, y esto le entristece; le hubiera gustado compartir algo tan esencial en su vida con la mujer a la que amaba. Ahora piensa que acaso no haya hecho lo necesario para alcanzar tal grado de felicidad.
El día avanza, pasan por el cielo trasparente, azul, algunas nubes blancas. Las hojas de los álamos flotan ingrávidas, como si no necesitasen de sus peciolos para sostenerse. No se mueve la más mínima brisa, el tiempo se detiene, el pescador se funde con cuanto le rodea, respira al compás de los latidos de la naturaleza, el pescador no está en armonía, el pescador es armonía. Minutos, horas... Un instante eterno en el que es un ser pleno, nada necesita, nada añora ni a nadie, el pescador no es consciente de lo que hace y precisamente por eso la línea también es parte de esa armonía, las posadas son mágicas, el pescador no sabe cuantas truchas ha pescado, y no le importa, todas siguen en el agua, todo queda grabado en su alma, si tal cosa existe.
Al final, una leve brisa, una sombra del anochecer, una obligación latente, rompen el hechizo. Aun clava algunas truchas más; luego, resignado, sale del río y regresa al coche, a la ciudad, a la rutina, a su casa.
El pescador ha trasladado sus querencias, día a día siente con mayor fuerza que su casa es el río, el bosque, las montañas, la Tierra. Su cubículo en la ciudad es una estación de tránsito entre las salidas de pesca. Con el transcurso de los años ha ido viendo cómo lo ensuciaban todo, cómo construían presas, cómo vertían veneno en las aguas, cómo arrasaban los bosques de las laderas; el pescador se siente acorralado, cada día le dejan menos lugares donde "vivir", con cada agresión que sufre "su casa" nota que muere un poco por dentro. Lleva muchos años intentando detenerlos sin éxito, ganó alguna batalla, pero está perdiendo la guerra; y ya está cansado. No pide más que un lugar al sol donde pescar, un lugar con el agua limpia, con las truchas salvajes, con la diversidad necesaria para que el río y su entorno sean un lugar vivo, palpitante.
El pescador sube por las escaleras, se topa con un vecino que saca la basura.
- ¿Qué, de pesca?
- Sí.
- ¿Cuantas, cuantas?
- Ninguna.
- ¿Y para eso se va usted tan lejos?
El pescador se encoge de hombros y esboza una leve sonrisa, ¿qué le va a decir? ¿Cómo explicar lo que ha vivido?

En la negrura amarilla de la ciudad no se ven las estrellas, el humo no lo permite, la contaminación no lo permite. En la negrura amarilla de la ciudad, un pescador lleva su propia, mínima estrella brillando en el corazón.

3 comentarios:

Mademoiselle de Montpellier dijo...

"El dia avanza... Un instante eterno..." No se si lo sabras, pero has descrito una "experiencia cumbre" de esas que pocas veces tenemos la suerte de sentir y sobre las que tan bien escribio Abraham Maslow. Mademoiselle de Montpellier.

Anónimo dijo...

Hola,
Me ha gustado mucho tu relato y tu blog. Solo una curiosidad, este artículo ya se publico hace tiempo en una revista de pesca, en concreto en Solo Pesca, o me lo he imaginado.

Saludos.
Juan.

Antonio García Escudero dijo...

Sí, se publicó en un revista de pesca, no recuerdo el nombre, estaba editada por Antunez. Gracias por tu comentario.