domingo, 10 de febrero de 2008

Alaska

Llevaba días sin comer, sin lavarse; los ojos de alucinado se hundían en las cuencas como si desde el fondo de cada una de ellas acechara una fiera, el maldito grizzly había destrozado el interior de la cabaña, por suerte aún funcionaba la radio. Observaba el cielo gris que precede a las grandes nevadas.
Tenía que llegar, como fuera, tenía que llegar. Hubiera rezado, mas hacía mucho tiempo que no recordaba oración alguna. Desde la mecedora, bajo el porche de la cabaña, veía un caribú solitario a tiro de su rifle, si lo mataba supondría una buena cantidad de carne para el duro invierno, pero solo estaba interesado en el cielo, en el rumor del motor de la avioneta.
Comenzó a nevar y su ánimo se hundió en los más negros abismos, bebió el último trago de whisky, luego, con fría parsimonia, cogió el Remington y se introdujo el cañón en la boca, apoyó la larga hoja de su cuchillo en el gatillo y respiró profundamente... En ese instante lo oyó, al principio no era más que un zumbido, después el estruendo del avión sobre su cabeza al enfilar la minúscula pista de hierba. Corrió emocionado. Cuando llegó, la avioneta despegaba de nuevo, en el suelo estaba el paquete que contenía su felicidad, su razón para seguir vivo, allí sobre la nieve del fin del mundo estaba el nuevo módem que le permitiría volver a conectar con INTERNET.

2 comentarios:

Mademoiselle de Montpellier dijo...

Pues no se... Llevo una semana con problemas innformaticos y me estoy planteando mandarlo todo a paseo !

RAMÓN FERNÁNDEZ DACAL dijo...

me recuerda a "Hacia rutas salvajes"